martes, 24 de marzo de 2009

El Trono






La habitación medio en penumbra, el hombre sentado en su trono de cuero oteando la batalla que tenia lugar mas halla del horizonte donde el Sol luchaba fervientemente contra su inevitable derrota; la mano derecha de este rey del trono de cuero se hallaba decorada con la presencia de una botella medio vacía de cerveza y la mano izquierda estaba perfumada por el aroma del cigarrillo incandescente que sostenía.

La puerta de la habitación se entreabrió y un delgada y esbelta figura se coló cual sombra y abrazo al hombre quien se dejo llevar por el aroma de la mujer; ya no podía sostener las joyas de su mano derecha, ni las de la mano izquierda solo quería abandonar su trono de cuero y entregarse enteramente a la mujer que le atontaba los sentidos con tan solo el roce de su piel y, esto, le asustaba hasta lo más profundo por que entonces comprendió que nunca antes le había apetecido hasta tal punto el amor de una mujer.

El viento se llevaba las horas, esas que pasaban ambos sentados en el trono de cuero amándose, y entregándose totalmente el uno al otro, sus cuerpos, simples juguetes para entretener al espíritu que se mezclaba y entrelazaba en la coctelera de la pasión, la ternura y el sudor de los cuerpos abrazados. El frío, amigo ausente de las noches de amor, abandonaba sus cuerpos en cuanto se entrelazaban, se besaban cada centímetro de piel y acariciaban hasta el último rincón de sus cuerpos

Y el hombre de las manos enjoyadas se sentía como un niño que acaba de comprarse un juego nuevo, ilusionado por el olor a nuevo de la caratula, recorriendo cada curva del juego, pero, a la vez, asustado ante lo que nunca ha visto, lo que para el es totalmente desconocido pero también ilusionado por querer encontrar la tranquilidad y despojarse del temor a lo temido, porque ya no será desconocido será el amigo permanente guardado en tu bolsillo


Pithilubs